Camino a Alegranza
Alegranza estaba triste. Un día amaneció triste y así se quedo. Al no hallar razones para seguir soportando el calcinante sol encima de su piel y harta de buscar algo que pudiera aliviarle el dolor, se arrojó por un río salvaje y sucio que se dice le ahogó la vida. Nunca la encontraron, nunca volvió.
La corriente la arrastró hasta alguna orilla y ella despertó en un enorme cuarto oscuro de corte gótico, en una gran cama con aposento de madera y cortinas de tull negro, sábanas y almohadas del más cariñoso terciopelo. Ataviada con un largo vestido de una sola pieza en tela oscura con un delgado cinturón bajo el pecho, de manga larga y escote. Se sentía fresca, estaba fría, y ya no estaba en ese lugar que tanto la había maltratado.
Intentó ver por la ventana pero no pudo. Era como si una luz o una gran oscuridad profunda se lo impideran. Sí, eran ambas. No sabía qué momento del dia o la noche era, no estaba segura de salir, tal vez habría lo mismo que le cerraba la ventana. No quería descubrirlo. Tal vez estaba encerrada por el resto de la eternidad en aquella habitación, que representaba su limbo. Pero ella no se sentía desolada. No se sentía. No estaba.
Entraba cieta luz pero no podía ver nada. Se acostó en la cama. Empezó a dudar de qué era. Tal vez lo incorpóreo era ella y no la habitación o lo que hubiera afuera... Miró hacia la ventana. Luz, que la observaba inerte.



