Camino a Alegranza
No tardó en ser abruptamente interrumpida de su descanzo con un feo pendiente que se le atravezó en el pecho e irradiaba veneno por sus nervios. No pudo volver a consiliar el sueño. Se levantó, se puso el abrigo que había aparecido sobre la cama, hacía más frío.
Se armó de valor y se asomó por la ventana. La abrió. Salió al balcón que vió enfrente. Hubo una gran luz que por un instante no la dejó ver nada y enseguida se despejó y la dejó admirar el panorama que se abría ante su vista: un extenzo fondo azul brilloso y viviente, árboles, plantas, todo lleno de armonía y felicidad. Y, sin darle tiempo de disfrutarlo o siquiera hacerse conciente de lo que veía, todo comenzó a secarse, a marchitarse angustiantemetne rápido. Las hojas caían al doble de rápido de lo que las había alcanzado a ver. El césped se pisaba y moría, la tierra se ponía estéril y apática a la vida rebozante que antes había existido; los árboles se quedaban sin rastro de frondozidad, en sus copas solo aparecían ramas secas y de formas cruelmente retorcidas, todo en un homenaje a los finales tristes.
El más crudo invierno tornado todo en un terrible desierto frío, y todo, al parecer, por culpa de la princesa Alegranza. Ella sentía que era por su culpa.
Regresó, cerró la ventana. Se sentó en el sillón que había aparecido. La habitación no había perdido nada de su lúgubre colorido. Pensó en quedarse para siempre así, sin moverse, sin matar nada. ¿Qué tipo de cosa era ahora? Había podido abrir la ventana, entonces era corpórea. No había ningún espejo a la vista, solo veía sus manos descoloridas y pálidas. ¿Y por qué todo era tan oscuro, por qué todo era negro, libido, lúgubre y frío como un rincón olvidado de un escondite profundo?
Recargó la cabeza y soñó con la Luna llena. Le rendía culto a la Luna llena. Recordaba que había algo infinito y mucho más grande que la sola luna y su magnificencia detrás, pero no recordaba exactamente lo que era. No podía recordarlo.
Algo la hizo abrir los ojos. Un sentimiento de pesar otra vez, de miedo y alerta latente por una cierta presencia en la habitación. Pero no era nadie. Las repetidas sombras del cuarto y hasta su propio cabello se confabulaban para crearle ilusiones de figuras en la habitación. Entonces se desidió a levantarse. En la pared había aparecido un gran espejo enmarcado en barroco. Respirando apenas, se fue acercando muy lentamente. Y por fin apareció su reflejo.
Se veía de la cabeza a los hombros, cubiertos del abrigo negro. Su cuello apenas era visible entre el negro de la habitación gracias a su palidez. Pero su cara,,, no se reconocía. Traía (literalmente) una máscara puesta, era de porcelana, de estrechos ojos y apenas una línea de labios. Nada más. Tocó su mejilla, sentía su piel.
Quiso quitársela y le fue difícil. Cuando logró quitársela, vió una desconocida pero hermosa cara. Ya no tenía idea de cuál era su cara verdadera. Pues este rostro lloraba, unas grandes lágrimas en todo su ojo. Sus labios resecos, invariablemente blancos, lágrimas oscuras. Y realmente se sentía así, pero secó su llanto. Al instante vió una tez agresiva, que parecía tener púas en la mirada. Quería matar a alguien. ¿Quién más sino a ella? ¿Qué no ya lo había hecho? Eso no importaba pues ahora las lágrimas oscuras le volvieron, escurriendo de sus ojos malignamente, asustándola. Había algo que la hacía recaer.
Le ardía el pecho, vió qué tenía. Era una larga herida. Una abertura enmedio del pecho. Se tocó con los dedos y se le hizo más grande, se abrió más. Lloraba lágrimas negras. El cuarto continuaba "inerte". Un insoluble nudo en su garganta, cerrándola, atando también sus cuerdas vocales, impidiéndole gritar.
Se quitó el abrigo, su blusa disponía que viera la herida. Le punzaba, le ardía, pero aún no sangraba apesar de que estaba viendo sus músculos expuestos. Dolía, dolía,, ¡¡dolía!! Se le separaron los huesos, al grado que pudo meter sus dedos y comenzó a sacarse coágulos rojos, rojo vivo, rojo brillante, rojo latiente, rojo doliente.
Coágulos, luego trozos de carne derretida y ensangrentada, o tal vez era sangre cuajada. Caían al suelo desde su mano que regresaba y regresaba a la abertura y sacó y sacó sangre y entrañas tal vez durante dos días, hasta que se detuvo. No había nada más que sacar de la bóveda en que se tornó su pecho. Exhalaba agitada, sin poder emitir un sonido, se doblaba de dolor, de horror, asco y confusión.
Los trozos de sí seguían ahí en el piso. Veía su incisión vacía y viva, que no se cerraba.
Entonces, un golpe en el estómago que la dejó inmóvil. Enseguida, vómito. Vómito café y agrio, de algo que se había podrido ahí durante años. Vómito, vómito negro. El dolor en su abdomen le hizo olvidar esas horas su hueco en el pecho. Una mancha café junto a los trozos rojos al pie del espejo, y una máscara rota en el tocador.
Por fin, sin nada más dentro que sacar abruptamente, intentó respirar. Se quedó quiera sin poder enderezarse del todo. Sus ojos no dejaban de estar llenos. Cuando el nudo en su garganta se deshizo, gritó. Gritó, gritó, gritó con todas sus fuerzas. De dolor, de angustia, de vacío, de desesperanza, de culpa, de remordimiento, de confusión... Gritó, lloraba, gritaba y gritaba, doblándose, aspirando profundo, desgarando su garganta ya lastimada, acentuando aun más sus primeros dolores.
Exhausta, cayó de rodillas, se tapó la cara con las manos manchadas y cansadas. El dolor seguía latente, pero ya no escurrían sus ojos. Con sus últimas fuerzas se levantó, para desmayarse junto a la cama.



